Hoy la vi pasar deprisa

Hoy la vi pasar deprisa, salió como una sombra del portal de un decrépito edificio, como casi todos en el barrio. Caminó rápido, casi levitando por la acera, llegó hasta la esquina. Pasó rápidamente por delante del supermercado que acaban de abrir y que siempre está casi vacío porque los viejos prefieren ir a contar sus penas a Dolores, que lleva toda la vida en su destartalada tienducha vendiendo cotilleos y pan.

Se había puesto cualquier ropa sin fijarse en el efecto gris y descuidado que producía el mirarla, el pelo suelto y teñido con prisas le ocultaba la expresión. Era una caricatura de otros tiempos. Dejó de cuidarse después de la boda y pasó a ser protagonista secundaria de la vida de él.

Hoy la vi pasar deprisa, como muchas otras veces; refugiándose en la calle por un rato. Intentando calcular al caminar todo lo que tenía que hacer al volver a casa para no fallar, no equivocarse de comida, no provocarle. Iba rápido a la tienda de Dolores, antes de que cerrase, no se podía quedar sin pan y salir a la calle mañana con otro moratón en el alma. No podía tardar mucho, él no se había ido y la estaba esperando. Llegó a tiempo. Entró. La tendera la miró unos instantes en silencio, como casi siempre. Después le vio los golpes. “¿Hasta cuándo María?”. “A lo mejor mañana tengo más suerte y me mata de una paliza. Ponme una barra de medio, Dolores”.

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