El sol marca un camino recto y vertical hasta la tierra ardiente. Solo unos matojos grises sirven de consuelo ante un paisaje sin límite; por delante un horizonte casi vacío, resquebrajado y silencioso. Los matojos esconden bultos pequeños cubiertos de arena muerta. Entre las ramas está Lisha; aun no es un bulto. Sus voluminosos ojos están entreabiertos y solo ven, ya no tienen fuerza para mirar. Un trozo de tela harapienta cubre su esqueleto; piel, huesos diminutos que descansan en el suelo y un hilo de aliento a punto de dejarse vencer.
Niño africano yace en el desierto producto de la destrunición extrema
EFE / END
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